Ya queda poco, o eso dice todo el mundo. Tengo una amiga que anda ya con una tripa de 42 semanas (42 semanas!) porque no quiere que le provoquen el parto. Yo no creo que dure tanto. La idea de andar por la vida de esta manera durante casi 6 semanas más (42 días, 42 noches, 1.008 horas más) me desespera. A partir del jueves puedes venir cuando quieras, pequeño ser sin nombre.
El mundo sigue dando vueltas, pero hace unos días que parece que el ombligo del mundo es ese cuarto naranja que da al lado soleado de la calle. El canastillo, la cuna, la mecedora, la montaña de ropa diminuta (todo regalos o "herencias") se han convertido en el centro del universo alrededor del cual giramos todos. Ayer tuvimos una fiesta en casa. Todas las preguntas y conversaciones en las que participé, por supuesto, fueron sobre mi inmensa figura, la fecha prevista del parto, hospitales, médicos, etc. Probablemente sea la última fiesta en bastante tiempo, y si hasta ahora los "potlucks" eran mensuales y por la noche, mucho me temo que a partir de ya nos lo vamos a tener que tomar más con más tranquilidad.
Fuera del universo que gira alrededor de ese canastillo vacío la vida continúa como si no pasara nada y, de vez en cuando, me hace sentir hasta persona normal. La semana pasada sin ir más lejos tuve una aventura interesante que me llevó hasta la oficina de "mi" "representante" en el parlamento. Lo de representante va entre comillas porque me queda un año para poder votar aquí. El caso es que el gobierno federal, que es el que me da la beca y me paga los 4 meses de baja de maternidad a los que tengo derecho, decidió el miércoles que ese derecho no era tal, y por tanto que no me pagarían durante el resto del cuatrimestre y que el dinero que me han ingresado desde principios de enero lo tengo que devolver. Si a alguien le suena a una artimaña ilegal para ahorrarse dinero ahora que están trajinando con el presupuesto oficial del estado, bingo. Lo que no lo hace menos ilegal, porque cuando aceptas una beca firmas un papel que es un documento oficial donde se detallan todas estas cosas. Tampoco lo hace menos estresante, porque a ver quién es la hermosa que se va con esta tripa a buscarse el pan.
Mis supervisores estaban trabajando uno en Ottawa y otro en Hong Kong, con lo cual me pasé una noche en vela dándole vueltas a la sandía y a la cabeza, tratando de averiguar cómo salir de ésta. Uno de mis supervisores (el que estaba en HK) sugirió que llamara a "mi" "representante" en el parlamento canadiense, un señor del Nuevo Partido Democrático (NDP) que se llama Thomas Mulcair y parece muy majo. A mi no se me hubiera ocurrido *jamás* ir a contarle mis penas a un político electo que trabaja en el parlamento, pero imagínense mi desesperación que a la mañana siguiente a las 10 estaba marcando su número.
"Bonjour?"
"Esto ... buenos días. Le llamo porque tengo un problema."
"Vives en Outremont?"
"Sí."
"Es un asunto relacionado con el gobierno federal?"
"Esto ... sí."
"Te paso ahora mismo."
Pensaba que me mandarían a la mierda (educadamente, eso sí, que para eso estamos en Canadá). Sin embargo me dieron cita para las 11, pasé 45 minutos en la oficina del asistente de Mulcair respondiendo a sus preguntas y examinando con lupa los documentos que tenía, y a las 12 ese señor tan simpático estaba cantándole las 40 a la persona responsable de finanzas en el ministerio que me da la beca. Para cuando llegué a casa tenía un correo electrónico diciendo que había sido todo un error, por supuesto, y que no me preocupara por nada. Esa misma tarde el señor simpático me llamó para asegurarse de que la señora Tal se habían puesto en contacto conmigo. Im-presionante. En cuanto tenga tiempo me voy a hacer una camiseta que diga "MY MP MADE ME BELIEVE IN DEMOCRACY AGAIN."
Ese mismo día me llegó otro mensaje del mismo ministerio. Esta vez era una carta al a vieja usanza en la que se me informaba de que no me dan la beca para hacer un postdoctorado. La abrí, la leí, no sentí nada y pensé que lo mismo al rato me daría un bajón. Pero pasaron las horas y los días y lo único que sentí fue alivio. El proyecto era muy interesante, pero creo que ha llegado la hora de poner fin a esta etapa y buscar un trabajo en el que no me pase el día, sola, delante del ordenador poniendo mis pensamientos en orden. Tengo ganas de ver gente. De tener una oficina, de hacer algo que no implique postponer la satisfacción de ver el trabajo bien hecho de forma constante, de un poco de acción. Lo mismo son las endorfinas, pero sinceramente desde que me llegó la carta estoy mucho más contenta.
Así que ya sabes, pequeño ser sin nombre: a partir del jueves puedes venir cuando quieras. Cuanto antes, mejor, que ya sabes que lo tenemos todo listo :o)

























