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16 jul 2012

Días de playa, noches de acción: acampando en el Parque Nacional de Oka

No dirán que no avisé: este verano, si todo va bien, en este blog habrá unas cuantas aventuras bicicleteras y de acampada. Como tiene que ser, que en Montreal hace un calor pegajoso que no hay quien lo aguante!

Esta vez sacamos del armario unos cuantos regalos de boda que llevaban tres años (jesús!) en el trastero para irnos a hacer camping en el parque nacional de Oka, en Quebec. Entre otras cosas había una tienda de campaña nueva, unas alforjas enoooormes para la bici y un par de copas de vino modelo acampada (gracias, Julio!), que no por estar fuera de la ciudad hay que dejar pasar ciertos placeres ... Con todo y con eso, los días antes de salir a veces nos entraban las dudas: de acampada con Inara, que tiene 17 meses? Dormiría bien? Comería bien? Se lo pasaría bien? Muchos nervios que al final se quedaron en nada porque la peque se lo pasó como una enana. Literalmente.

El trayecto del viaje, para los curiosos y curiosas:
1. De casa a la guardería y de la guardería a la estación de trenes. Total: 20 minutos.

A dónde me llevarán hoy?

-- 30 minutos de espera.

2. De la estación de trenes de Montreal a Deux Montagnes. Total: unos 40 minutos.
-- 30 segundos para sacar las dos bicis, el trailer, las 4 alforjas, una bolsa, la tienda de campaña y otroa abalorios del tren por unas escaleras empinadísimas y a punto de un ataque al corazón = no tuvo precio.

Una forma práctica de meter las bicis en el tren, cortesía de la AMT.


3. De la estación de Deux Montagnes al camping del parque nacional de Oka por una ruta casi siempre dedicada a los ciclistas lejos de la carretera (con un segmento muy corto en una ruta al lado de la autopista). Total: una hora y media.

4. Esparcimiento de bártulos, montaje de tienda de campaña y puesta de bañadores para irnos a la playa mientras la pitusa corría muerta de risa por entre las yedras venenosas. Total: 20 minutos.

 Bien esparcidos. En la foto falta la tienda de campaña.

Al final resultó que acampar con Inara no requiere demasiado esfuerzo. Cierto es: no es la misma experiencia, aunque me atrevería a decir que en nuestro caso fue no sólo mejor de lo que esperábamos sino también mejor que cualquier experiencia acampando que hayamos tenido ninguno de los dos anteriormente. No nos hizo falta nada especial aparte de un cascabel que engancharle al tobillo (no es una broma) para seguirle el rastro, un par de libros de cuentos y una pelota para la playa. Eso aparte, claro está, del trailer, un saco de dormir de éstos (hace mucho calor) y un colchoncito hinchable cómodo. Ah: y humor, por supuesto :)

El parque de Oka resultó ser una elección perfecta por la combinación de playa, montaña y bosque. Por la mañana la playa estaba vacía, pero por la tarde aquello era una playa a la española como no he visto yo otra en estos lares, y entonces nos montábamos en las bicis y nos íbamos a merodear por los senderos desiertos entre sapos verdes con lunares, nenúfares y mucha sombrita.

 Domingueros.

 vs. aventureros :)

Tengo una confesión que hacer: mis almuerzos. Por primera vez tomé beef jerky y en la playa ... dos perritos calientes con una ración de poutine. Para recargar las pilas bien, bien XD

Si el ketchup son verduras, lo mío fue un festín de comida sana.

La culpa en parte la tienen los mapaches que nos robaron casi toda la comida la primera noche. Lección aprendida: la próxima vez nos llevamos más cuerda para colgar cosas lejos del alcance de los animales. Action shot.

Mapache con la tripa llena de barritas energéticas trepa a un árbol huyendo de mi, brevemente, antes de volver a atiborrarse de galletas para bebé.

A la mañana siguiente nos visitó un ciervo al que le gustaron los brotes de hierba que crecían al lado de la tienda de campaña. Mientras Alex y yo asomábamos la cabeza por una cuasi-ventana, Inara ponía en peligro la integridad de nuestro refugio saltando al grito de "bird, bird bird!!" (Para ella todos los animales bonitos son pájaros.). El día antes de venirnos, para darnos de que hablar en el viaje de vuelta, un halcón se posó en el árbol que había justo encima de nuestra tienda de campaña mientras desayunábamos. De nuevo al grito de "bird, bird, bird!!" (aunque esta vez Inara estaba en lo cierto) el halcón se lanzó hacia nosotros sin previo aviso ...  y aterrizó en un ratón que correteaba entre las hojas a menos de un metro de nosotros. A Alex le dio tiempo a hacer una foto borrosilla como prueba.



In-creíble.

Total, que al final nos tocó volver a la playa, comer más perritos calientes y apuntar el manillar de la bici camino de Montreal. Próxima entrega de las aventuras veraniegas no-montrealesas en un par de semanas. Mientras tanto estaremos planeando!

The end.

5 mar 2012

deshaciendo las maletas

El viaje a Nueva York no fue tan malo después de todo, aunque las tres primeras noches dormimos más bien poco (lo de poco, en este caso, es un eufemismo). Va a ser que es cierto eso de que viajar con niños pequeños es más fácil que hacer de turista cuando las criaturas tienen ansias prematuras de independencia. Sospechamos que la culpa la tuvo Times Square, que estaba a unos 20 metros del hotel donde nos quedamos y por donde paseábamos todas las noches antes de irnos a dormir. A quién se le pasó por la cabeza semejante idea, dirán ustedes, sobre todo cuando en casa no tenemos televisión? En retrospectiva fue una idea malísima, porque después de una media hora de atraco a mano armada de luces, ruidos, pantallas y qué sé yo la pobre no se dormía, y cuando lo hacía (si es que lo hacía) era sólo para despertarse cada hora queriendo jugar ... pero con los ojos cerrados. De lo más raro. La consecuencia: que fuimos a una conferencia con la idea de tomárnoslo con calma y hacer un poco de turismo, y al final no tuvimos calma, no nos quedó energía para salir del barrio de Midtown y a la conferencia fuimos los dos hechos unos zombies. Tanto, tanto, que por primera vez en mi existencia pensé en mandar un correo 5 minutos antes de la sesión diciéndole a la organizadora que me había atropellado un coche (mirado con ecuanimidad no habría sido una mentira tan grande, aunque a Inara todavía no le han salido ruedas). No es broma.

Al final de nuestra estancia, el día 29 de febrero, metí la maleta del padre y la monstrua nocturna en el maletero de un taxi y les dije adiós con la manita. Me monté en un avión camino a Toronto, a otra conferencia, y así de golpe y porrazo me di cuenta de que -- ay, dios mío!! -- iba a ser mi primera separación de Inara desde que nació. No sólo eso, sino que no estaría en casa para celebrar ... su primer ... cumpleaños!!

Alex me había prometido que esperaría a mi regreso. Pero el muy traidor hizo una fiesta, preparó un pastel, le puso una velita, hizo fotos de todo el percal y me las mandó!! Será posible, pensaba yo mientras miraba las fotos durante una sesión plenaria con el ministro de inmigración de fondo (el funcionario con un alto cargo de mi derecha, por cierto, se pasó todito el discurso jugando al fútbol con su teléfono).

Cuando me percaté de la situación me senté bien quieta a esperar un ataque de culpabilidad. Y esperé y esperé, pero no vino. Me pasé 4 días haciendo y deshaciendo a mi antojo, hablando con todo el mundo, gritando a los cuatro vientos que en unos meses estaré buscando trabajo y durmiendo (agárrense los pantalones) hasta las 8 de la mañana. Terminé de leer The Inmortal Life of Henrietta Lacks (genial). También hice las paces con el descubrimiento de que mi vocación no es ser profesora universitaria. Y cuando el último día tocó montarse en el tren de vuelta a casa estaba lista para volver, pero en ningún momento me entró congoja o me sentí culpable por dejar a Inara con Alex para dedicarme a lo mío durante unos días. Y eso, para quien me conozca, es una novedad :)

11 sept 2011

De nuevo aquí


El lunes pasado regresamos a Montreal después de un par de semanas en Granada. Todo fue bien, muy bien: el vuelo (directo Montreal - Málaga), el casi inexistente jet lag, el tiempo, la familia ... Cumplí casi todos mis objetivos, que incluían:

1. Ir a ver a mi abuela paterna todos los días. Se lo pasó pipa con la bisnieta. Este era el objetivo fundamental del viaje y las visitas hicieron que el esfuerzo mereciera la pena. Entrar por la puerta y que a una señora de 90 años a la que adoras, pero a la que la edad le ha borrado tu nombre de la memoria, se le iluminen los ojos durante 45 minutos de cuchi-cuchis con su bisnieta ... no tiene precio.

2. Pasar tiempo con mis padres en la playa, la montaña y los bosques de la Alhambra. Ni siquiera los mosquitos / chinches pudieron con nosotras -- yay!

3. Tomar una horchata de Los Italianos al menos dos veces al día. [Confirmado: mi récord de tolerancia está en 2 litros diarios. Me tendré que poner en ello el próximo verano.]

4. Comprarle a mi hermana una sartén por su cumpleaños.

Se me quedaron otras cosas en el tintero, pero ... la próxima vez será. Tampoco pude acompañar a mi familia durante el entierro de una mujer estupenda a la que hubiera querido ver muchas más veces; lo siento, Pedro.

En conjunto y a pesar de esa nota triste el viaje fue mucho mejor de lo esperado. Sé que las dos tenemos muchísimas ganas de volver a ver a toda la gente tan estupenda que no por estar lejos quedó atrás.

Gracias!

16 ene 2011

Fotos curiosas V: Japón

Trasteando en el ordenador me he dado cuenta de que tengo algunas fotos curiosas (que no espectaculares) de Japón, y he pensado que lo mismo a alguien le hacen gracia. Aquí va una selección :o)


Donde fueres ...


!?!?!? (Koenji, Tokio)


Fashion victims.


Leonardo di Caprio anunciando ruedas??


Tommy Lee Jones anunciando café?


La amiga de los ciervos, Nara.


Vagón sólo para mujeres en el tren local.


Al otro lado de la calle, Koenji.


Estación de Shinjuku, Tokio.


Si se te cae el sombrero a las vías del tren, llama al señor del palo largo.


Pocos humos.

18 oct 2010

Despedidas

En inglés la película de Yojiro Takita se llama Departures. Se llevó muchísimos premios y estuvo una temporada en el Golem, así que supongo que lo mismo la habeis visto. Si no, el trailer está aquí.


Kyoto visto desde las alturas.

Al final se me pasó hablar de Kyoto, que fue lo que más me gustó de Japón. Me sobró muchísimo Tokyo y me faltó del resto: me quedé con ganas de utilizar mi Japan Rail pass hasta que se desarmaran las esquinas o me echaran del tren, pero vino la boda por la que hicimos el viaje (estupenda, por cierto) y luego unos días de resfriado infinito, interminable, que el aire pegajoso y contaminado de Tokyo pegó a mis pulmones con la fuerza del super glue. Así que cuando por fin nos montamos en el avión camino de Montreal lo hice con ganas, muchas ganas, porque he descubierto que se no nací para ser turista. Y es que hay una diferencia entre viajar y hacer turismo sin saber un idioma y saltando de hotel en hotel, de restaurante incógnita en restaurante incógnita, de una tienda de souvenirs a otra. Entre conocer y deslizarse por la superficie de un lugar desconocido.


Altar en una esquina del Nishiki Market, en Kyoto.

Pero no se crean que no disfruté: cada minuto fuera de Tokyo, cada viaje, cada momento que pasé fuera de esa urbe infernal fue una delicia. Entre las cosas que me encantaron están el sistema de trenes, que es una pasada. Los retretes de sentadilla en los lugares públicos y el contraste con los retretes ultramodernos de casas y hoteles, que te calientan el trasero y, si quieres, te limpian con un chorrito de acierto aterrador (...). El barrio de Koenji con sus calles bulliciosas, su mercado y su aire de pueblo. Los parques. Los bares con ruido y pescado a la plancha (ya saben que estoy haciendo un paréntesis en mi vida de comeflores). Y Kyoto, Kyoto, Kyoto ...


Estación de Kyoto.

Llegamos a Montreal. El otoño llegó con fuerza durante nuestra ausencia y las calles tienen un aire de fiesta con los árboles de más colores de los que parecía posible. Dos días antes del viaje hicimos el traslado a un apartamento nuevo, convenientemente situado entre dos de mis instituciones favoritas de la ciudad: la mejor tienda de bagels (Fairmont, but of course!) y la tienda de bagels que no está mal (St. Viateur). Entre bagel y bagel desarmamos cajas y tratamos de amueblar el apartamento, que por ahora sólo tiene dos habitaciones habitables (cocina y oficina) y un colchón solitario. Eso, y una silla delante de la ventana donde paso mis ratos libres admirando los árboles de mi nuevo barrio.

Supongo que cada despedida es un comienzo :o)


Noche en Gion, Kyoto.

8 oct 2010

The ballad of Nara


Posado en honor a Jules, que siempre me dice que no pongo fotos mías en el blog :o)

En realidad el título de la película que da título a esta entrada es The Ballad of Narayama. Tan triste (como mucho del buen cine y la buena literatura japonesa) como clásica.

Nara, por otra parte, y dejando a un lado los malentendidos de Facebook (que por cierto han tenido un resultado estupendo como ya sabeis) es una ciudad de Japón que se encuentra en la prefectura de Kansai y fue la capital durante gran parte del siglo VIII. Hoy es un destino turístico favorito de japoneses y extranjeros.

Para llegar a Nara desde Tokyo nos montamos en el rapidísimo y ultra-puntual Shinkansen o tren-bala. Bueno, en ese y otros 3 trenes más (regional - local - pueblerino) hasta que llegamos a Oji, donde nos quedamos en el recomenable hotel Yougendo. Aviso a navegantes: en Japón las paradas de tren son de más o menos un minuto y medio, así que no se despisten que se van andando ...


Esperando el tren-bala en la estación de Tokyo.


Nara nos recibió esa tarde con un poco de lluvia, nada grave, y una puesta de sol preciosa que disfrutamos desde la pagoda de 5 plantas refugiados junto a un monje budista que no hacía más que reírse de la libreta donde voy coleccionando sellos (en la portada tiene un pollo con gafas de aviador y una sonrisa de una punta a la otra del pico). El monje señalaba la libreta, señalaba el sello que andaba estampando en las libretas de los peregrinos, se moría de risa, me miraba, me contagiaba la risa, yo hacía el ruido de un pollo, él se reía, yo me reía, y Alex nos miraba a los dos como diciendo: "ver para creer ...". No le besé la calva porque me quedaba muy lejos, vaya cura de risa que nos dimos los dos!


Puesta de sol a través de la lluvia en Nara.

Un poco más adelante, ya en el parque de Nara después de una buena noche de descanso, nos encontramos con que Bambi y sus primos no son tan inocentes como parece. Juzguen ustedes mismos:


Cuidado con los ciervos salvajes!

Efectivamente, 5 minutos más tarde nos encontramos con un cazador esperando, muy pacientemente, a su futura víctima: sin duda un turista con debilidad por el azúcar.


Ciervo acechante.

Nuestro destino era el templo de Todaji, que vimos junto con unas 10 escuelas más o menos.


Turistas.

El templo tiene la estatua de Budha más grande del mundo, según dicen.


Daibutsu.

Y otras estatuas cuyo propósito y vestimenta no acabo de comprender.



Pero lo mejor, sin duda, fue el paseo de 4 horas por el recinto del parque, con sus miles de linternas, sus templos, sus estanques y sus paseos. Así que les dejo con unas cuantas fotos por hoy (mañana más?) y me voy al karaoke, que me esperan en Shinjuku! :o)


Linternas.


Mujeres de camino al trabajo en el templo.


Dos chicas muy majas que posaron con sus kimonos.


Nigatsu-do Hall.


Plegarias.

2 oct 2010

Enters Toshiro Mifune

Para quien no sea muy aficionado a las películas de samurais (o al cine japonés en general), Toshiro Mifune es *la* leyenda. Con el perdón de Tatsuya Nakadai (que acabó siendo el actor favorito de Kurosawa después de que su relación con Mifune acabara más mal que bien). A Nakadai le daremos puntos extras porque su lucha por el estrellato era imposible desde el principio, a pesar de sus grandes obras maestras (amantes del cine lento y existencial, la trilogía The human condition es una obra de referencia; amantes del mejor cine de Samurais, acudan a su videoclub para alquilar The sword of doom). Y es que cuando hablamos de Mifune estamos hablando de El Hombre, el sex symbol y actor inimitable que arrancaba suspiros llenos de deseo de las mujeres bien del Tokyo de los años 50 y 60. No se pierdan Yojimbo (en la que se inspiró Por un puñado de dólares, con Clint Eastwood) o, si son unos frikis, The hidden Fortress, de donde George Lucas sacó mucha de sus inspiración para la guerra de las Galaxias. Y es que Kurosawa ha inspirado mucho del cine que ha marcado nuestra vida, créanlo o no. Pero paro de hablar de cine que les aburro: la increíble filmografía de Mifune es suficiente para inspirar un blog durante más de una década.

Y volvemos a Tokyo, pero no al de las luces de neón y las colegialas en minifalda, sino al período cuando la ciudad se convirtió en referente fundamental del "mundo flotante" y se la conocía como Edo. Es la época en la que se inspiró Kurosawa en sus películas de samurais que Mifune (suspiro-suspiro-suspiro) tan bien encarnó.

Ayer nos pasamos el día turisteando por los jardines imperiales (por la parte que está abierta a los turistas, en cualquier caso). Y tras ver las casas donde vivían los samurais que protegían la fortaleza y su emperador no pude evitar la referencia a Mifune, Kurosawa y Nakadai. Les dejo con unas fotos, que disfruten!


Detalles del tejado de la casa de guardia donde vivían los samurais:



Ninomaru gardens, en el Jardín Imperial:



Araña tamaño imperio (unos 8 cms):



Vistas desde la fortaleza:



Mi mejor plato de soba japonés en el restaurante Kanda Yabu Soba:

1 oct 2010

Siguiendo los pasos de Chihiro en Asakusa



Si no han visto El viaje de Chihiro, de Miyazaki, se la recomiendo encarecidamente. Para los que la hayais visto, sólo deciros que hoy he seguido sus pasos mientras andaba (rodeada de otros turistas) en el recinto del templo budista de Senso-ji, en el barrio de Asakusa, Tokyo. No creo que haya friki que no tenga una obsesión por estas pelis y que no sueñe con visitar esta ciudad. Yo, como friki amateur, no soy una excepción, y mientras subía y bajaba por Nakamise-dori (la calle de tiendas y comida donde los padres de Chihiro se convierten en cerdos), rodeada de colegialas con minifaldas plisadas a las que perseguían hordas de japoneses con cámaras, me ha costado muchísimo esfuerzo no arrodillarme para besar el suelo. Ay!

Para llegar al barrio de Asakusa (muy lejos de Koenji, donde está el hostal) hemos hecho nuestro primer viaje en metro sin perdernos ni una sola vez. El metro de Tokyo es un infierno, quizás un día hable de él (o quizás no). Pero es muy puntual, y limpio, y como evitamos las horas puntas siempre encontramos asiento.



Una vez en Asakusa hemos entrado al recinto del Senso-ji por la imponente puerta del Trueno, Kaminarimon.



Detrás se encontraba Nakamise-dori con sus tiendas de dulces, de juguetes, de postales y todo lo que un turista nunca supo que necesitaba.



Eso sí, los dulces buenísimos, especialmente las galletitas rellenas de pasta dulce de habichuelas rojas hechas a mano en la misma calle (también hay tiendas que utilizan máquinas).





Luego estaba la Hozomon, la puerta del Tesoro, con otras tres linternas gigantescas.



En la parte de atrás de la puerta hay unas alpargatas enormes que dicen que traen suerte si las tocas, así que eso hemos hecho, antes asistiendo a los intentos desesperados de un grupito de colegialas con falda que han hecho las delicias de un buen número de señores japoneses (cámara en mano).



El templo en sí precioso, un edificio imponente que inspira mucha más paz que cualquier iglesia que puedan imaginarse incluso con la marea de turistas que estábamos allí.



Y como no todo en la vida es comer galletas y quemar ofrendas de incienso, al poco nos hemos ido a comer tempura (que Asakusa es *el* barrio para este menester) a uno de los restaurantes con mejor reputación de la ciudad, el Daikokuya, que la verdad no me ha impresionado mucho.



Lo mejor, lo mejor: los mochi de Nakamise-dori. Por un momento pensé que me convertiría en porcina y tendría que dejar de escribirles por eso de no tener dedos XD