Este día fue uno de los más largos del circuito, pero también de los más agradables. Sin saberlo (porque cuando uno organiza estos viajes al final mucho se hace a ciegas) la pausa para visitar el zoo de St Félicien ocurrió en el momento perfecto, justo después de un par de días con mucha carretera y antes de la última jornada bicletera, la más bonita.
Salimos del camping de St. Félicien temprano, por la mañana, después de desayunar de nuevo huevos con patatas fritas (no he probado las patatas fritas desde que volvimos). Los dos km entre el camping y el pueblo de St. Felicien transcurren por la red de carriles bici municipal. En este caso se trata de un carril de tierra muy bien mantenido y unos cuantos pasos a nivel que están nada más que regular, pero en general la pista transcurre muy cerca del río, en medio de un bosque, y es muy agradable. Por ejemplo:
Luego vienen los kilómetros entre St. Felicien y una reserva aborigen que tiene sobre todo vistas, Mashteuiatsh. Bueno, también hay un centro de interpretación cultural que tenía buena pinta, pero como nos desviaron porque estaban de obras y andábamos con prisa no paramos nada más que para comer ... hamburguesas con patatas fritas. Menos mal que se acercaban mejores restaurantes, porque ya aquello no tenía nombre: la única ensalada que encontramos esa mañana estaba en una gasolinera!!
Tras el "almuerzo" proseguimos nuestro camino por una de las secciones más agradables y bien cuidadas del cuircuito, desde la reserva hasta Roberval. El terreno era llano, el clima perfecto, y juraría que hasta las flores las habían colocado a propósito para acentuar lo bonito del paisaje. Pero quizás me lo esté inventando. No sé. Incluso el tráfico se hacía leve.
Llegamos a Roberval un rato después, para descubrir que allí sí que había restaurantes con verdura fresca, incluso vegetarianos!! Y proseguimos nuestro pedaleo, nunca muy lejos de las vías del tren, hasta llegar a la villa histórica de Val Jalbert, donde cenamos muy, muy bien y le hicimos fotos a la catarata iluminada en medio de una nube de mosquitos asesinos.
La anécdota del día fue al llegar al restaurante (donde habíamos hecho una reserva) después de más de una semana en bici. La ropa, he de decir, estaba limpia ... o al menos todo lo limpia que puede estar en esas circunstancias. Pero cuando entramos con nuestras chanclas de playa y nuestros pantalones de bici, tan contentos estábamos que no nos dimos cuenta hasta un poco más tarde de que era un restaurante de punta en blanco. Más específicamente, un restaurante en el que había muchas parejas acomodadas de cena romántica. La única que no había pasado por una peluquería esa tarde era yo, jeje. No me duró mucho la pena :o)
Y en ese restaurante quedó confirmado otro parecido razonable entre Quebec y la España en la que yo crecí:
Parecido razonable #9: en Quebec hay comidas regionales. Al contrario que en el resto de Canadá, en esta provincia cada pueblo tiene su plato típico y su manera de prepararlo. Todo un incentivo para la turista con curiosidad gastronómica!



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