El viernes fue mi cumpleaños. Iba en el autobús que me lleva al trabajo, dándole vueltas a las cosas que hago y deshago con mi vida últimamente. Si hubiera sabido que me iba a pasar el día peleándome con la fotocopiadora me habrían entrado ganas de llorar, pero como feliz ignorante iba simplemente ensimismada. Entretenida, diría yo.
En eso me miré los pies. El empeine, el lado derecho, el lado izquierdo, los cordones. Y me di cuenta de que las botas que llevaba puestas no eran las mías. Tampoco sabía de dónde habían salido, ni a quién pertenecían, ni siquiera cuánto tiempo las llevaba usando!!
Hay que especificar que entre el frío, la nieve y (sobre todo) la sal que hay en la calle aquí la gente suele tener unos zapatos en el trabajo. Al llegar por la mañana se quitan las botas, se ponen el par de zapatos "de interior" y listo. La gente también se quita los zapatos al llegar a la escuela (donde hay taquillas) y, menos en el autobús y los restaurantes, en todos lados. Así que en teoría el intercambio podría haber ocurrido en varios sitios. Las posibilidades parecían infinitas.
En la oficina le pregunté a todo el mundo si habían perdido unas botas y, como de esperar, mi pregunta se dio de narices con miradas de extrañeza e incredulidad. Hubo más de una risa ... En el College le pregunté a mis compañeros, todos jombres bien grandes que podrían ponerse mis botas del 36 en el dedo meñique. A esas alturas ya casi había dado el caso por perdido. Iba por la calle a grandes pasos, preguntándome qué vida habrían llevado esas botas antes de tener la inmensa suerte de toparse conmigo, una andarina empedernida que se hizo 6 km al día durante 5 días la semana pasada, entre -20 y -35 grados.
Las botas eran casi idénticas a las mías, sólo que en
lugar de marrones y verdes eran negras. Pero la talla, la forma, hasta
la forma de andar de la legítima dueña debía ser muy parecida a la mía,
porque lo que ocurrió entre esas botas y yo fue un amor a primera vista. Quién sería esta mujer? A qué se dedicaría?
A eso del sábado a medio día me había hecho a la idea de que las botas habían encontrado su destino en mis pies. Sin ninguna esperanza conté la historia en Facebook. Después de unas cuantas tomaduras de pelo y risas ajenas mi semi-suegra comentó que quizás me había llevado las botas ajenas del estudio de yoga. Yoga! Ni lo había pensado! Al final de la clase siempre apagan las luces, con lo cual nos ponemos todos las botas a oscuras. Bingo.
Que no se me ocurriera a mi tiene delito. Pero que tuviera que aclarar el misterio mi semi-suegra, que es la mujer más despistada del planeta, les da una idea de dónde anda mi cabeza estos días!!
[PD Mañana me toca devolver las botas, con gran tristeza!]


1 comentario:
Jajaja, me partí de risa el otro día al leértelo en Facebook y ahora, al leer la historia completa, me vuelve a salir la sonrisa :)
Mañana tendrás que contar qué ha pensado la otra, cuándo y cómo se dio cuenta... y de ahí sale una novela, fijo ;)
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