8 may 2012

Mi Piedra de Rosetta

Desde hace unos años paso un montón de tiempo en la cocina. Es una mezcla de placer, obligación y curiosidad (no necesariamente en ese orden) la que me lleva allí prácticamente todos los días. Los que me conoceis desde hace tiempo ya sabeis lo que me gusta cocinar. Pero estar aquí, en un país diferente, con ingredientes que o no son los mismos o por la razón que sea saben distinto y con gente (potenciales degustadores!!) cuyas papilas gustativas han crecido por otros derroteros, es un reto que me encanta.


Para superarlo y seguir aprendiendo suelo echar mano a internet y, sobre todo, a los libros. Esta es la estantería donde los guardo.


Es casi un mapa de mi vida desde 2005. Empezamos con una carpeta amarillo pollo que contiene las recetas de la abuela (hmm ... rellenos ... paella ... hmm...). Luego las inevitables 1080 recetas de cocina, edición española (que hay otras). Y a partir de ahí, la aventura: un montón de libros de cocina vegana / vegetariana de mis años en una comuna de hippies comeflores en Vancouver, un libro de referencia de los años 70 que usa como principal ingrediente la levadura (como si fuera sal, como si fuera queso, como si fuera ... levadura), varios libros de medicina natural y otros tantos de mis "lociones y pociones", como diría una buena amiga de por aquí.

Creo poder decir que he aprendido a negociar dos tradiciones culinarias bastante bien, la andaluza de toda la vida y la neo-hippy vegetariana-o-casi. Pero hay algo a lo que no me acostumbro, que me trae por la calle de la amargura, que me irrita y me molesta y me hace tirarme de los pelos y maldecir la bendita paciencia de estos canadienses, que siempre andan entre Pinto y Valdemoro como si la vida se tratara de negociar con todos sin que al final nadie quede satisfecho. Y que parecen tener pocos problemas en aceptar lo que se impone desde (ejem) el sur.

Está el tema de los idiomas, con dos oficiales y tropecientos usados de forma cotidiana en todo tipo de establecimientos. Quien haya comido en un restaurante chino en Vancouver y pedido de una carta que sólo está en cantonés a camareros que no hablan otro idioma sabe a lo que me refiero. Aquí en Quebec, claro, está todo por ley en francés, aunque la mayoría de las veces también se ofrece una traducción inglesa. A no ser que el restaurante sea italiano, o griego o portugués (o de donde sea) en cuyo caso con el idioma original sobra y basta, que queda muy mono y más exótico aún. [Que conste que no he comenzado a quejarme: a mi esto del plurilingüismo me parece más cool que el Old Spice.]

Y luego la cuestión de las medidas de longitud, que están en kilómetros si se trata de distancias, en millas si son velocidades, en pies si se trata de superficies o alturas de personas y en pulgadas si se habla de trozos de papel o accesorios de electrónica; las de capacidad, que pueden estar en litros o en onzas, según les de, o incluso en cuartos, cucharadas soperas o de té y tazas (sí, tazas); las temperaturas, que pueden estar en grados Celsius o Farenheit dependiendo de la edad de quien te hable; o los pesos, que lo mismo están en kilos que en libras. Si hasta las horas del día se dan en dos formatos, 12h + AM / PM y 24 horas como se hace en España!!

De modo que, cuando quiero cocinar, tengo siempre a mi lado:
- Una balanza que pasa de gramos a onzas.
- Un termómetro que mide Celsius y Farenheit.
- Una tabla de conversión de Celsius a Farenheit para decidir la temperatura a la que debe estar el horno.
- Un juego de medidas de tazas y otro de cucharas.
- Y dos recipientes que más o menos me pasan de una medida de capacidad a otra cuando me encuentro en un apuro, a las que vengo llamando últimamente mi Piedra de Rosetta.


Y yo preguntándome por qué cada vez que pruebo una receta nueva me entra dolor de cabeza!!

3 comentarios:

mortiziia dijo...

La balanza gramos/onzas, las cucharadas de medir y las "tazas" en mi cocina también son sagradas. Pero no tengo para líquido y las "onzas fluidas, cuartos, pintas fluidas y tazas líquidas" me traen por la calle de la amargura. Si tuviera los vasos medidores de líquidos, una KitchenAid y una isla de cocina... no me quedaría más remedio que teñirme de pelirroja, porque sería Bree Van de Kamp.

Anónimo dijo...

Está muy bien el sistema de medidas, esto parece un anti-alzhimer, aunque me da que tus aparatos de medida no distinguen entre las onzas liquidas USA y las onzas imperiales (multiplica x 1.0408 = GB fl oz). Si utilizas un libro franco-canadiense traducido de USA, se te puede estropear la receta. Yo tengo un libro de cocina china, traducido por Cocin Nao, y voy a cocinar "alos tles delicias con lucula, coliflol y lamita de pelegil". Promete.

Lunatrix dijo...

@ anónimo: tengo aparatos para los dos tipos de onzas, aunque es verdad que a veces los libros de recetas no aclaran en qué medida están hablando. Por ejemplo, con la cera de abejas una pensará que se trata de onzas imperiales, pero a veces lo que piden son onzas líquidas. Aprendes a base de errores. Por cierto, hablando de errores, parece que se te ha quedado atascada la "l" en el teclado ...

@ Mortiziia: esa imagen ya no me la quitas de la cabeza (aunque he tenido que buscar quién demonios es esa mujer, que una no tiene tele y a veces se pierde). Y mientras cocinas, en la radio ... M. Manson? XD