26 jul 2011

Veranos

No sé cómo fueron los veranos de vuestra infancia, aunque he de confesar que no me importaría saber si se parecieron a los míos y vieron sus días entre un algarrobo centenario y una playa cualquiera.

En Montreal hay playas, pero son de una especie distinta a las que viven en mi memoria. He visto las de Vancouver, donde el agua está para mirar y no tocar: hasta nutrias hay si te fijas asomando la cabeza en ese agua tan helada, y pepinos de mar, un bicho muy extraño que si se siente amenazado echa las tripas para distraer a los depredadores. También he metido los piececillos, muy brevemente, en las aguas del Atlántico canadiense en Halifax y Tadoussac. En las Gaspés fui a ver ballenas, y pasó una tan cerca cuando tenía la cara a un palmo del agua que di un salto y acabe en el regazo de una venerable y desconocida señora. Son aguas inhóspitas las de estas tierras.


En una fuente, el verano pasado en Portland.

A veces, cuando me puede la nostalgia, escucho esa canción de Serrat y entre las notas me llegan el olor a sardinas y risas. No sé como fueron los veranos de vuestra infancia, aunque he de confesar que no me importaría saber si a vosotros también os llamaban a las dos y media para subir a comer, si vuestras madres os hacían esperar dos horas antes de meteros en el agua y en ese rato tonto entre las 3 y las 5, cuando las manecillas del reloj retaban a las leyes de la física, veíais a los ciclistas del Giro atravesar campos de girasoles, a los ñus de la dos cruzar el río evitando los dientes de cocodrilos, o si, siendo de mi generación, décadas más tarde os acordais de cuando murió Chanquete. Ahora esa música me hace guiños desde lo alto del hombro izquierdo.

¿Quemabas nubes con un mechero o las congelabas antes de comértelas? ¿Te pillaste los dedos en los radios de la bici? A mi primo siempre se le metía el dedo meñique en la rueda y un verano le tuvimos que vendar el pie cuatro veces seguidas. Fue el mismo verano que yo me empeñé en pisar erizos al bajarme de la barca y la mujer de la caseta de la Cruz Roja (la coña de los vigilantes de la playa vino mucho después) acabó por aprenderse mi nombre.

También me acuerdo de las viejas comiendo pipas, llevándole la vida los vecinos desde el fresquito del portal. De jugar a tiburón en la piscina durante el día hasta que se nos ponían los dedos como garbanzos en remojo, a no ser que hubiera olas para ir a revolcarse. Por las noches después de una ducha en la que salía arena (o piedras, si sois de donde yo) de rincones inesperados y cenar a toda prisa hacíamos los equipos de polis y cacos, hasta que a la 1 nos llamaban desde la ventana para ir a dormir. Aún hoy si alguien menciona la palabra "merienda-cena" sufro una regresión en el tiempo; juro que algún adulto debió inventarla sólo para fastidiarnos la parte más interesante del día.

Con todo eso, de alguna manera seguíamos aburríendonos. Los veranos se hacían eternos, las tardes elásticas hasta el infinito, las noches frescas. A mediados de julio ya parecía que llevábamos la vida entera veraneando.

Pero en Montreal no hay playa. Hay alguna piscina que otra y parques con fuentes para que jueguen peques y no tan peques. Y yo me pregunto qué memorias del verano tendrán los niños que crecen aquí, sin el canto de las cigarras bajo el sol de agosto, sin quemarse la planta de los pies en la arena de la playa, sin bucear a pulmón en una cala vacía en busca de lapas, sin pasarse horas muertas flotando en el agua panza arriba, con el ruido de las olas metido en el cráneo.

Confieso que no me importaría saberlo.

5 comentarios:

Javi dijo...

Muy buena entrada. Yo pienso en lo mismo muchas veces... si cambias el Mediterráneo por las aguas bravas del Cantábrico, el resto más o menos igual, con la traumática muerte de Chanquete incluída.

Algún americano (del interior) con el que he hablado del tema alguna vez, me habla de los días en bici para bajar al río o al lago, o los interminables viajes en coche con los padres para ir a ver a la familia dos estados o tres más al este. Aquí en Inglaterra es más de picnics en el parque, o pasarse el día en el jardín.

Al final creo que la diferencia no es tanta, siempre hay motivos para generar recuerdos, pero claro es que la nostalgia es muy cabrona, te lo digo yo...

Un abrazo enorme para los tres.

MMar dijo...

Ains, sí que recuerdo esos veranos, y más desde donde estoy ahora mismo, reviviéndolos y, aunque son todavía muy peques, intentando que las niñas tengan vivencias de ese tipo y que disfruten de las mismas cosas que disfruté yo hace ya mucho... Y todavía se ven pandillas que se van a la psicina a hacer el ganso y que luego salen por la noche, o se quedan merodeando por la urbanización. No sé si como hacíamos nosotras, pero seguramente también generarán experiencias que recordarán con nostalgia en unos quince o veinte años :)

Lunatrix dijo...

@ Javi: me vas a hablar de nostalgia ... jejeje. En FB los canadienses mencionan también sus recuerdos de las vacaciones a la orilla de un lago, las picaduras de blackflies (que por lo visto algun@s llevan como medallas de honor!) y las noches en campos recién segados mirando a las estrellas. Como dices, los recuerdos son diferentes pero al final es la misma historia. No dejes que te venza la morriña ... :o)

@ MMar: seguro que sí! En agosto nos tenemos que ir a La Cochera (si sigue allí) para tomarnos algo en honor de los viejos tiempos.

Un abrazo!

ghianti dijo...

Mis recuerdos del verano son demasiado platónicos, como los adolescentes amores de verano. Para mí el verano era el inicio y/o el fin del ciclo. Todo se regía por esos meses en la playa y por la promesa de que al año siguiente el ciclo se repetiría. La nostalgia viene porque en un momento el ciclo se rompe y ya nada es lo que fue. El ciclo se convierte en una espiral que crece y nos aleja cada vez más de aquellos maravillosos veranos. Volver a la playa es para mí ahora buscar la fuente de la juventud, querer tener 13 o 14 años. Podría disertar mucho más sobre el cambio, pero lo voy a dejar aquí, jeje. Sólo añado que antes teníamos todo el tiempo del mundo para no hacer nada, y ahora, con suerte podemos disfrutar unas horas a la semana sin pensar en obligaciones de mayor. Besos. Preciosa entrada.

Lunatrix dijo...

Gracias Ismael. Es verdad, antes septiembre tenía más aire de fin y principio de ciclo que enero (aunque en enero fuera mi cumpleaños, je!).

Es increíble lo elástico que es el tiempo. Lo rápido que pasa ahora, lo lento que era entonces.

Tiene gracia. Me va a costar ir a la playa y que te hayas cortado el pelo, o que tengas dos criaturas y quien tú sabes tres, etc. Hace tanto tiempo que no voy que me da la impresión de que cuando llegue voy a retroceder en el tiempo. Qué trampas estas con la que nos engatusa la memoria!