
Los y las que me conocéis desde hace tiempo sabéis que un pedazo de mi corazoncito le pertenece a la comunidad gótica. Desde los tiempos de ‘Madriz, Madriz’, con todas aquellas noches de marcha con la gente de la Facultad en el Strong (que por cierto ya es 100% gay – seguro que soy la ultima en enterarse) los góticos no han dejado de sorprenderme: no son ni tan duros como pretenden, ni tan “peligrosos” como la gente les cree y encima les gusta la buena música (para bailar, por lo menos). Por si eso fuera poco, ir a un garito gótico es (sin animo de ofender) como ir al circo, porque si no tienes ganas de bailar lo único que tienes que hacer es sentarte y mirar a tu alrededor: no tiene desperdicio.
Siempre me quejo de la marcha de Vancouver porque aparte de sitios de pachanga donde los canadienses pierden su timidez habitual y se restriegan con las mozas del lugar (sin pedir permiso) hay poco. Los mejores sitios son los sitios gays , pero al fin y al cabo es su ambiente y no el mío, y además de vez en cuando gusta cambiar. Así que aquí, como en Madrid y en Seattle, de vez en cuando saco mi vinilo del armario y me doy una vuelta por el lado oscuro.
Lo increíble es el tamaño de la comunidad gótica en Vancouver, que al fin y al cabo no es una ciudad tan grande. Por supuesto no tengo “datos oficiales” pero bastantes tienen que ser, porque nada más que en el centro hay al menos 5 tiendas dedicadas exclusivamente a ropa gótica (una de ellas con ropa para la comunidad ciclista gótica) , otros tantos clubs góticos y entre dos y tres fiestas góticas a la semana. Si una consigue ignorar a los que por alguna razón encuentran los uniformes militares dignos de admiración, estas son las mejores noches de la ciudad.
Hoy es el séptimo aniversario de la noche gótica por excelencia, SIN CITY, y la que escribe estas líneas estará allí, cámara en mano y con las botas de bailar. Porque los malos hábitos nunca mueren, solo cambia el escenario ;o)
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