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31 jul 2011

Torturas consulares

Siempre que me quejo de los trámites consulares que tenemos que hacer los españoles que vivimos en el extranjero, Thiago me recuerda que las ruedas de molino que tragan los ciudadanos brasileños que residen en España son aún mayores. No lo dudo, aunque me cuesta imaginar funcionarios más incompetentes que los que trabajan en los consulados y embajadas españoles ... por lo menos en Canadá.

Que conste que esta vez, al menos, me han servido con una sonrisa, lo cual es infinitamente mejor que el trato, entre cortante y directamente abusivo, que he(mos) recibido en otras ocasiones. La mala, malísima hostia que me encontré en otros lugares me llevó a asociar hacer un trámite consular con un tipo de tortura voluntaria, a la sazón una sesión de sadomasoquismo asexual en el que una recibe y encima paga. Viniendo de España y de un colegio de monjas, pensaba, no debería de ser tan difícil disfrutarlo por lo menos un poco.

Pero el caso es que el cilicio no fue nunca mi accesorio favorito, ni la autoflagelación el hobby de mis tardes ociosas. Por eso fui dejando la renovación del pasaporte hasta el último momento, véase, 4 meses antes de que se me caducara. Entonces arrastré mi barriga de 8 meses hasta donde Cristo perdió el mechero (que es donde está el Consulado de España en Montreal si tomamos como referencia mi apartamento) y empecé el primer trámite: darme de alta.

Ella ya está lista para el viaje.

La aventura, en un principio, pareció dar buenos resultados: no me faltaba ningún papel. Cuando un mes después me llamaron para decirme que (sorpresa!) me faltaba la baja de la sección consular de Toronto la cosa quedó en que se habían equivocado ellos. Pero al volver para comenzar los trámites de renovación del pasaporte me informaron (con una sonrisa) de que les tendría que enviar el original del dichoso papelito por correo, y que no, no era posible renovar el pasaporte sin haberse dado de alta en el consulado. Esto, en medio de la huelga de Canada post y sin que el papel fuera necesario, porque el año pasado figuraba como residente en Granada. Pero qué sería una tortura sin sufrimiento, ¿verdad? Cargar con una niña de 2 meses berreando después de una hora de autobús hizo la experiencia aún más auténtica, una de esas que no se olvidan.

El caso es que al final, y gracias a las presiones de una señora muy amable desde Toronto, me dieron de alta, y me informaron de que tenía que ir al consulado otra vez para completar la solicitud de renovación del pasaporte y dejar mis huellas.

Allí que fui yo, con la niña colgando de la espalda, ilusionada con la perspectiva de un nuevo pasaporte sin mayores sobresaltos. Las trabajadoras de la oficina ya se sabían mi nombre y salían a la antesala a jugar con Inara y reírle las gracias. Me despedí de ellas incluso con un poco de pena y un mes más tarde, cuando me llamaron para decir que el pasaporte estaba listo, reflexioné sobre mis prejuicios contra la clase consular.

Durante mi cuarta visita, siendo ya una mujer canguro experimentada (ja!) Inara casi no lloró: estaba todo calculado al milímetro. Lo que no tenía planeado es que al abrir el pasaporte mi nombre no figurara en él. Todo lo demás estaba bien, menos mi nombre. Y como ya saben, no se puede viajar con un pasaporte con un nombre falso, a no ser, claro, que a una le vaya el sadomasoquismo avanzado de los controles fronterizos. Al final a Inara le dio tiempo a reír, llorar, comer y hacer otras cosas que no digo porque luego me llaman maruja.

Volví a hacer todos los papeles, volví a dejar mis huellas, volví a firmar, y mientras tanto las funcionarias jugaban con Inara. Dicen, pero yo no termino de creérmelo, que en un par de semanas tendrán mi pasaporte listo, esta vez con el nombre que figura en mi partida de nacimiento. O que si no está para el 22 de agosto me darán un pasaporte de emergencia para ir a España, y a mi regreso, cuando a mi me apetezca y me venga bien, puedo pasarme a hacerles una visita y continuar los trámites.

Yo, la verdad, creo que le he pillado gusto a esto. Voy a ver si cuando acabe con lo mío empiezo con la tortura del pasaporte español de Inara, que con un poco de suerte tardará un par de años y me costará unas 20 visitas. Para entonces seguro que habré encontrado otra excusa para prolongar el masaje de mi lado sadomasoquista.

Si sienten la necesidad imperiosa de compartir una experiencia similar, acérquense a la zona de comentarios.