Para celebrar el fin de la magia nos tomamos un croissant con un zumo de manzana y nos fuimos a bailar y gastar a la tienda de música de Saint Louis, donde el señor Omar brilla en el centro su constelación de discos escasos pero muy bien escogidos. Estrechándole la mano y con una sonrisa de oreja a oreja saltamos dentro de un sept places que salía hacia Dakar. Esta vez, nuestra compañera de asiento trasero fue una señora de culo generoso que comía gambas a doble ritmo de djembe y tiraba las cáscaras al suelo del coche; desde fuera llegaban hasta nosotros el aliento de horno del desierto a mediodía y los balidos periódicos de las omnipresentes cabras. Al llegar a Ouakam los niños de la escuela para discapacitados donde nos alojamos nos dieron la bienvenida (algún día hablaré de eso, algún día …) y Dam, el sastre más dicharachero de África occidental, nos entretuvo con sus (des)venturas amorosas y sus planes de futuro: tener una casa enorme en Rufisque con un montón de fuentes en el jardín y un BMW X5 en el garaje. Casi nada. Al aeropuerto me llevó un taxista Guineano hijo de Jah al que le hizo gracia mi Wolof macarrónico y me enseñó un par de palabras más que ya se me han olvidado. Eran las 2 de la mañana. Tres horas más tarde la azafata sirvió la cena (¿?) de macarrones con tomate. Gracias al retraso del vuelo Lisboa – Hamburgo me dio tiempo a terminar Etoile Errante ( totalmente recomendado!!) y descubrir que los duty free hay un rímel que alarga las pestañas hasta un 80%. Fascinante.

A veces nada tiene sentido.
Ahora estoy en Hamburgo, en un hotel donde pasaré los próximos días hablando de migraciones, ciudades y transnacionalismo, y como soy una nerd de mierda seguro que al final hasta me lo paso bien y todo. Aquí el agua caliente corre sin fin, reina el silencio, cae una tormenta antidiluviana y no hay mosquitera cubriendo mi cama, que es grande y está vacía.
Ay …