14 jun 2013

Noches de marcha

Los fines de semana no son lo que eran. Y no porque ahora seamos tres, sino porque los años pasan y una se hace más perezosa, más rancia, más decidida a hacer lo que le de la gana. Dicen que los 30 son los nuevos 20, pero a mi, la verdad, no me hace falta volver al pasado.

Los fines de semana de antes: pasarse una hora intentando parecerse más a los demás y menos a una misma (pelos, maquillaje, ropa, tacones). Quedar con los amigos. Pasar una hora en transporte público hasta llegar a Huertas, o a Chueca, o a donde sea. Pelearse por entrar a un garito donde te cobran por un vaso de agua. Agobio. Tus amigos están ocultos detrás de una densa cortina de humo (en aquellos tiempos aún se fumaba en los bares) y la bebida es de garrafón. Hay, Dios. Bailar, sí, eso sí que lo echo en falta. Cierran garito. Sal a la calle junto con otras miles de personas en tu misma situación. Son las 4. El metro ya no pasa, a correr a Cibeles. Oh. El auntobús está lleno. No hay taxis libres. Con tus tacones, anda para arriba camino de la Gran Vía, si tienes suerte encontrarás un taxi o habrá sitio en el siguiente bus, si no te tocará andar con esos tacones que ya no aguantas hasta Ciudad Universitaria. El camino de vuelta es largo y silencioso. Toc-toc-toc. Para cuando llegas a tu habitación estás tan cansada que ni te lavas los dientes. Caes en la cama, y en algún punto entre la vertical y la almohada pierdes la consciencia. Al día siguiente te duele la cabeza. Tienes dos ampollas del tamaño de un melón silvestre. Te preguntas si mereció la pena.

Hoy.

Localizas a alguien que se quede con la peque: éxito absoluto. Llevas un mes planeando lo que harías si tuvieras una noche para pasar con tu media cereza. De la emoción casi no puedes hablar cuando le llamas por teléfono. Hace meses que no estás tan ilusionada.

Cenas lo que sea. Te sabe a gloria.

La preparación. 2 minutos para elegir vaqueros y una camiseta. Baño: 2 minutos para lavarse los dientes, 20 segundos para cepillarte el pelo, 20 para ponerte un poco de rímel y colorete, que hay que celebrar. Te miras al espejo: hay algo horrorosamente horrible? No. Perfecto. Y a quien no le guste, que no mire, que a mi no me estropea este día ni dios. Total: 5 minutos y la moral por los cielos. Estás que no te lo crees.

Transporte: aúpa mi bici que me lleva a todas partes!! El casco es perfecto para terminar de poner los pelos en su sitio. No han dado las 7 todavía, pero no importa: las luces hacen juego con mi ánimo esta noche así que las usas en el setting más psicodélico, el irregular tipo disco.


Destino: un bar desconocido a 10 minutos de casa, el Alexandraplatz. Está en una zona industrial, prácticamente en un parking para camiones. Te encanta. Los jipsers (modernillos gafapasta adictos a las bicis de piñón fijo sin frenos) rebosan, están sentados en la acera dando sorbitos a su cerveza artesanal. Esto es la bomba. En menos de 2 minutos tienes en la mano tu dark and stormy con trocitos de jenjibre fresco. Alucinas. Te das cuenta de que hay una luz especial, aún no se ha puesto el sol. Te encanta tu vida.

A las 9 partís hacia otro lugar, Les Enfants Terribles. En la terraza estás rodeada de gente que habla francés y te pidees un Mojito de Outremont, que es el nombre del barrio. Oh, la la, te sientes de lo más sofisticado. Hablais de todo y hasta discutiendo el tema del espionaje cibernético el mundo os parece un lugar imposiblemente hermoso. Los calamares con mayonesa están de muerte. Van estupendamente con el mojito.

Antes de las 10:30 estás de vuelta en casa. Te has tomado dos bebidas mediocres que me han sabido a gloria. Tu monedero no tiembla. Tu pelo no huele a tabaco rancio. En lugar de pasar 4 horas de preparación y en tránsito y 4 de marcha (1:1), has pasado 20 minutos de preparación y en tránsito y 3 horas disfrutando de la vida (1:9). Te importan tres alcaparras si vas a la moda o no, si vas bien peinada o no, si encajas o no. Definitivamente, te importa una mierda si tienes arrugas o un par de canas.

Te das cuenta de que es como el chiste aqul de la cabra: la vida te parece de lo más cool. Qué vivan los 30.




3 comentarios:

MMar dijo...

¡Qué entrada más chula! Yo me acuerdo de la veintena bastante -de la adolescencia ni de coña- y aunque yo no era fiestera, sí que recuerdo aquellas cosas que hacía muy a menudo y que ahora son toda una excepción... pero es que ahora saben tan bien...

Jules dijo...

Gran verdad, nos hacemos may...digo, más sabios y esos excesos de antaño ya no nos parece que merezcan la pena en absoluto (a mí nunca me convenció eso de ir a garitos donde tienes que quedarte sin voz para que te escuchen...y lo del tabaco...bufff).
:-)

Mirichan dijo...

Me ha encantado. Nosotros no somos tres, solo dos; pero me quedan cero ganas de meterme en un bar donde la música está tan alta que si los extraterrestres aterrizaran pensarían que estamos siendo torturados por nuestra propia especie.

Buen fin de finde!