Ellos se habrán ido, pero las costumbres quedan. El verano en el Mile End es una ristra de santos que sirven de excusa para cortar la calle y hacer una fiesta con verbena incluída. Hasta se traen un grupo chungo (al menos el cantante) del sur de Italia para que nos castigue a todos con los temas pastelosos de Eros Ramazzotti y unos cuantos pasodobles. Los viejos entonces salen de sus casas y se acercan, a ritmo de bastón sobre asfalto, al escenario improvisado. Los más se sientan en las sillas que pone el ayuntamiento y siguen con la vista el vaivén de alguna que otra cadera generosa. Menos pueden y se atreven a bailar pegaditos como en sus tiempos mozos. San Marziale y el resto de los santos traen consigo un aire de nostalgia que se apaga bruscamente a las 11 de la noche con un click del altavoz, y entonces los viejillos se levantan y regresan a su casa en este país extraño en el que han vivido una vida entera.
El barrio, me dice el sastre de bigote impoluto, ya no es lo que era. Ahora casi todos los vecinos son profesionales solteros y familias jóvenes con hijos, gente con dinero que vive de puertas adentro. No son trabajadores manuales porque el alquiler es muy caro para Montreal (de comprar ni hablamos) y no hablan ni italiano, ni portugués ni mucho menos griego. El barrio es un barrio de "hipsters" que se puede permitir tiendas que, el día que comprenda cuál es su modelo de negocio, puede que tengan un hueco en este blog.
Durante el día, antes de que nos enchufen a la banda venida de allende los mares, St Viateur se llena de puestos que sacan a la calle algunos comercios locales. Hay tiendas de comida orgánica, otra de ropa de bebé en la que el gorrito más barato sale por 40 euros (un pijama de recién nacido de lana de no sé dónde 180) y una mujer haciendo contorsiones en medio de la calle para promocionar su estudio de yoga. Alguien (y aún no he descubierto quién después de estos años) ocupa una plaza de aparcamiento con una alfombra de hierba que traen en un coche y desenrollan a media tarde. En menos de dos minutos todos los críos que pasan a menos de dos cuadras sienten una atracción fatal que les lleva directos al único espacio verde en medio de tanto asfalto y allí, sin salirse de los 5 metros cuadrados de césped, desfogan corriendo en círculos concéntricos.
A corta distancia los abuelos, con chepa y bastón, toman un descanso camino de la fila de sillas enfrente de la música que empezará más tarde. Vestidos de punta en blanco un hombrecillo y una mujer de melena blanca se acercan a LO, y tras un corto intercambio la mujer me guiña un ojo y dice en una mezcla de idiomas que comprendo sólo a medias: "déjalos que disfruten y que corran, que la vida nunca será tan dulce."
Disfrutando de la hierba.
Le sonrío y les veo alejarse. Un torbellino de colores gira en torno a mi persona: 4 niños de entre 1 y tres años corriendo en círculos y gritando. Extiendo el brazo al tuntún y pesco al ente que andaba buscando. Es hora de que empiece el concierto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario