
El verano ha hecho una entrada triunfal en la ciudad de Vancouver. De un día para otro (literalmente: la transición ocurrió el miércoles) los vancuveritas han sacado la ropa estival del baúl de los recuerdos y andan medio despelotados por las calles de la ciudad, exhibiendo algunos de los problemas técnicos de los que hablaba María en Londres.
Yo les veo pasar desde la ventana de mi cafetería favorita donde voy a estudiar huyendo de la tentación de Internet. Allí sentada y entre un té y el siguiente (con el ocasional viaje a la piscina) leo todos los días unas 100 paginas de teoría y resumo otras 100, preparándome para el mega-tocho-de-examen que va a caer en Septiembre. El examen (*comprehensive examinations*) no existe en España; aquí es un requisito que hay que cumplir antes de empezar la investigación para la tesis, y sirve también para definir las áreas de especialización que una puede enseñar el día que (oh, milagro!) termine el doctorado. (Eso, en caso de que quiera dedicarme a dar clases.)
A ratos me pregunto si merece la pena sacrificar el verano estudiando, con lo bien que estaría yo disfrutando de la playa. Pero las cosas como son: si no hago el examen en Septiembre no me puedo ir a España en Enero. Así que ahí estamos, acoquinando: de aquí a mediados de Junio toca Teoría Feminista; de mediados de Junio a finales de Julio Teoría Geopolítica; y el mes de Agosto (tachan-tachan) se lo dedicare a Teoría de las Migraciones Internacionales. Entre medio unos días de vacaciones y un festival. Tengo la esperanza de que cuando llegue el examen me acuerde de quién dijo qué y en un futuro no demasiado lejano consiga entender qué significa todo esto que gente tan ilustre y cerebrada dice.
El caso es que hoy estaba con mi librito y mi te helado, sola en la cafetería con mis amigos los camareros (muchas horas paso allí, muchas …) cuando en las mesas de mi izquierda se ha sentado un grupo de unas 8 personas. Tan enfrascada estaba yo en mi lectura que no me he dado cuenta, hasta pasado un buen rato, de que en el bar solo se oía la música de fondo y nadie hablaba, a pesar de estar rodeada de gente normal (es decir, sociable, no como yo). Pero estaban hablando, ya te digo, estaban teniendo una conversación animadísima – en un silencio absoluto. Alguna vez habéis *visto* a un grupo de sordomudos hablar? Pues es de lo mas curioso. Y además, son unos vecinos estupendos: no molestan nada de nada. Me han entrado unas ganas enormes de aprender la lengua de signos :o)
3 comentarios:
XD espero q al menos al darte cuenta no te les hayas quedao mirando con los ojazos abiertos de par en par de la sorpresa!
¡¡¡dale caña a esos libros!!! que, como decía Loquillo, son pocos y cobardes.
Besos
Jules
Cobardes si, pero pocos ... no se yo. Ahora mismo me pongo con ayuken!!
Y tu, petardilla: los ojos y la boca abiertos de par en par. Y seNalando con el dedin ;o)
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