Mi abuela Elisa lo perdió todo en la guerra. Eso decía ella, a los demás y a sí misma.
Ella, tan mona por la plaza del pueblo con sus zapatitos de domingo, tuvo que salir corriendo (descalza) cuando empezaron a caer las bombas, campo a través con los gitanos y los pobres de aquella esquina del Alpujarra que nunca habían tenido nunca zapatos de todas formas.
Ella, tan rica, dejándolo todo atrás: su casa, sus criadas, su piano que le había regalado su padre con el dinero hecho en las Indias, sus tardes al sol.
Ella, con esa voz que las vecinas decían angelical, desgañitándose por esas montañas llamando a su madre, a su padre y al niño Jesús, y tropezándose con las raíces y las piedras de esos escarpados con esos deditos tan blancos, tan finos, tan poco hechos a las penurias de la guerra.
Mi abuela Elisa, tan mona, tan rica, tan angelical, tardó una noche y un día en recorrer los 50 kilómetros que separan su pueblo de la ciudad costera de Motril, sin apenas agua y tan sólo un par de mendrugos duros que le dio alguien. Por el día corrían. Por la noche sin luna adivinaban el sendero a la luz de las bombas con las que les regaban los aviones. Mi abuela Elisa, con 10 años recién cumplidos, nunca llegó a despertarse del horror vivido. Décadas después me llamaba a horas intempestivas para describir el infierno con tal lujo de detalles que siempre supe que aquel era un lugar que visitaba a diario.
Mi abuela Marcela la recibió en Motril, porque las dos se conocían desde antes de ser mujeres, sin saber que un día los entresijos de la vida las haría consuegras. Marcela vio llegar a Elisa corriendo por la calle principal, cubierta de harapos, con el pelo pegado a la cara y los ojos de quien ha olido el aliento del demonio. Las dos recuerdan las hordas de refugiados que salían corriendo de las montañas y atravesaban el frente buscando refugio en la costa. A Elisa y a Marcela les quedó grabada en la memoria una mujer que deambulaba perdida por la calle principal tal y como vino al mundo, recitando los nombres de hijos que nadie supo localizar.
A Marcela no le hizo falta mirar dos veces para ver que algo se le había roto a Elisa. No algo sino dos cosas: la cabeza y el corazón. Aprendió mejor esa rotura al acabar su padre en la cárcel y que lo llevaran ante el pelotón de fusilamiento. Allí mismo, cuando los fusiles estaban ya en alto, los nacionales tomaron Motril y se lo devolvieron a su familia, a él y a todos los demás presos. Así tres o cuatro veces: llegaban los rojos y lo metían en la cárcel, y cuando lo iban a fusilar el frente se movía y la ciudad cambiaba de bando. De esta manera acabaron de un lado y no del otro, más por rencillas personales que por afinidad política. No fueron los únicos.
A fuerza de escucharles contar la misma historia, a menudo me he preguntado cómo hace las paces un niño con los horrores de la guerra, y cómo se van organizando éstos en la construcción de uno mismo al hacerse adulto. Las cosas vistas, se pueden olvidar? Las cosas vividas, puede uno elegir qué hacer con ellas, cuándo sacarlas a que les de el aire y cuándo no? Las cosas soñadas, se alcanzan a pesar de las bombas, los muertos y las miserias que pueblan la memoria?
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Hoy en un video he visto a un grupo de personas tratando de cruzar la frontera entre Serbia y Macedonia. Por encima de un alambre de espinos, a pesar de un grupo de guardas fronterizos fuertemente armados, abuelas con bebés en brazos, padres con niñas a hombros y pequeños de rostro confuso lograban cruzar una frontera en medio del campo. La escena, triste, se volvía vergüenza al ver a los pequeños atrapados en tanto sinsentido.
Tal es la farsa que a menores huyendo de una guerra se les niega un derecho que les corresponde, el de la protección como refugiados. Incluso sabiendo todo lo que está en juego, porque lo hemos vivido.
2 comentarios:
¡Qué bien escribes! Gracias por este post. Welcome back!
Cuanto tiempo sin noticias tuyas!
Cada vez que entro en este blog pienso en ti. Estoy segura de que te va a gustar, porque es muy interesante todo lo que pone y lo explica estupendamente.
http://cosmeticareal.blogspot.
Ya me contarás.
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